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  E Mario Rivetti
MARIO RIVETTI
(Salta, Argentina - )


Mario Rivetti, escritor oriundo de la provincia de Salta (Argentina), miembro de la S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores), coordinador cultural de la A.S.M.A.V.A. (Asociación Salteña de Músicos, Artistas de Variedades y Afines), coreuta del Coro Polifónico de la Provincia de Salta, miembro de la Comisión de Arte y Cultura de la Fundación Salta, director de la revista literaria "Ars Litterarum", compositor registrado (S.A.D.A.I.C.), columnista de la revista "El Federal", corresponsal/columnista de la revista literaria "Sinalefa" (New York), creador y conductor del programa de TV "Palabra de Artista). Ha cursado estudios de letras, historia, estética, idiomas, historia del arte, psicoanálisis, entre otros.

Su labor artístico-literaria se remonta a su temprana infancia, desde la cual comenzó el tránsito por el camino de la literatura (con algunos intervalos de corto tiempo). Su obra y calidad literarias han sido reconocidas en diversos concursos nacionales e internacionales, incluso por asociaciones literarias.


El Futuro del Psicoanálisis a la luz del Diálogo con la Filosofía

I

Al iniciar el presente trabajo, cuyo título propone una pregunta un tanto amplia, me propuse dirigir el discurso partiendo de un enfoque teleológico hacia la cuestión, ya que tenemos la capacidad de explicar el presente mediante la contemplación del futuro (metas que ayudan a vislumbrar una filosofía de lo por-venir, que camina hacia adelante). Por ello, hablar de futuro (a la luz de un diálogo) es en realidad proponer teleológicamente un presente continuo que se cierne –y se viene desarrollando por siglos– en una instancia discursiva interactiva permanente entre la filosofía y el psicoanálisis.

Tanto Freud, como Lacan, produjeron un profundo trabajo teórico en el que confluyen muchas ciencias –desde métodos de investigación y experimentación hasta una escritura científica por mathemas–. En la elaboración disciplinar unos de los grandes aciertos fue no sólo saber la división del sujeto ($), sino dejarnos ver que ésta prevalece en las elucubraciones filosófico-científicas del hombre (seguramente, en concordancia con Heidegger, el acierto fue la percepción del Ser como una falta).

Se puede intuir –en sentido jungueano– siguiendo el enfoque mencionado, el futuro de la interacción filosófico psicoanalista, lo cual nace en una evolución del corpus teórico y clínico, lo cual implicará cambio en las conceptualizaciones, mientras se producen acoplamientos de conceptos, y finalmente se puede divisar una integración final (equivalencia y entropía). ¿No es lo que sucede en las etapas del análisis y la transferencia? Esa búsqueda que subyace en el mundo inconsciente, que tiende a la disolución de las fronteras del presente, pasado  y futuro, así arribar a un cuerpo holístico de integración.

El horizonte no se presenta sino como un conciliar de opuestos (polaridades, mejor dicho) en rumbo a un estado integral, fusión de las cuatro fuerzas de la que habla González Garza. Es decir, integración de dinamismos. Sin perder de vista que si bien desde la perspectiva filosófica (ontológica o metafísica), el hombre es distinto a una visión naturalista, positivista y experimental, es igualmente parcial.

Diálogo que claramente se entiende en una tendencia evolutiva destinada a un orden mayor (de la que hablara Carl Rogers) de autorrealización del corpus antedicho, y en ese momento amasaremos un concepto mayúsculo: el de trascendencia.

II

Muy poco se puede agregar a la historia del psicoanálisis y la filosofía que no se haya dicho o divulgado, alguno con más acierto que otro. Lo que me interesa es contrastar el psicoanálisis en su habla de la condición humana y la obra filosófica que es un eterno tratado sobre el devenir existencial del hombre, cuyos obstáculos no sólo rasgan las vestiduras de lo real, sino que producen llagas en el cuerpo intrapsíquico, generando síntoma (a partir de la salida de la niñez, la expulsión del paraíso terrenal). Pero no acaece la muerte, más bien prevalece la teoría del eterno retorno (a la filosofía, en este caso), aceptación de una presencia tan permanente, como obvia e inherente: un continuum histórico.

La filosofía con su cuestionamiento sin fin obligará la labor permanente de revisar, interpretar, problematizar e indagar la práctica. Entonces, la filosofía hace posible la articulación simbólica del psicoanálisis a su discurso (evitando el afán de la ciencia moderna en la supresión del sujeto, como advierte Lacán).

III

Al plantearse la pregunta sobre el futuro del psicoanálisis, debemos considerar que él mismo –como ciencia– no abra la brecha para con la filosofía, no puede ser una entidad separada de la otra, y que el diálogo narrativo,  no relato, lleve a un sólo discurso que rescate al hombre del vacío de la alienación, a recuperar lo que se propone: una ética de la existencia que soporte el deseo del hombre. Si hay algo que el universo ejemplifica permanentemente es casualmente el fenómeno esencial de la unidad. Cada átomo, o mínima estructura constitutiva no es una parte o un submúltiplo del todo, sino el todo en sí mismo.

En la lucha hegemónica entre ciencias, cada una pretende tener la verdad, o al menos la validez de verdad predominante sobre todas. Pero, consecuente al razonamiento anterior, la idea sería saber que la Verdad no es un objeto a poseer o un lugar en el cual pueda situarse cómodo y proclamarla, sino una construcción, si bien epistémica por parte, también conlleva un ejercicio fundamentalmente espiritual, como patenta Allouch. Ejercicio que no debe entenderse como un rito iniciático, sino en proceso, en movimiento coalescente ad aeternum, una dinámica fluctuante permanente.

El conocimiento, por más amplio, profundo o diversificado que se le asigne como atributo, no es la verdad, aún cuando las ciencias así lo fundamenten. La verdad es lo inefable, no se define en un concepto, es lo que queda por develar, aprehender, comprender en su más profunda esencia, lo que yace en la hiancia que proclama el psicoanálisis. Dicho esto, se ve que no se puede pretender identidad o administración de verdad cuando no se ha trascendido al conocimiento positivo fenoménico de la propia disciplina y su concepto.

IV

Cuando hablamos de Verdad, claramente se habla de lo Trascendente, e inmediatamente se evoca el objeto de la llamada psicología transpersonal. Esta psicología es otro resultado del continuo diálogo entre el psicoanálisis y la filosofía, que van entramándose y engendrando un nuevo discurso, que bien puede llamarse espiritual.

La filosofía, como estudio de las causas primeras ontológicas (y considerando el lugar Vacío-Real, metaontológicas), con una incansable actitud de cuestionamiento y reflexión en torno a la esencia y existencia humanos, insufla nueva vida permanentemente a las venas del estudio y quehacer psicoanalítico, rescatando los eslabones perdidos en el camino por la psicología natural, que deja de lado los valores del sujeto y todo lo relacionado al sentido, significado y finalidad del ser humano.

Por ello, el planteo que surge para futuro desarrollo es la consideración de los aspectos tanto de cuantificación como de cualificación en la reteorización, análisis y revisión de la estructura gnoseológica de la clínica psicoanalítica. Por ejemplo, descubrir los caminos de la contemplación del objeto o fenómeno más que de mera observación. Unos de los principios de la mecánica cuántica –fundada por Heisenberg– habla de la totalidad no dividida al respecto de la observación, es decir, que el instrumento no puede separarse de lo observado, el lado subjetivo y el objetivo (observador y fenómeno) no son instancias separadas, sino que transcurren en una dialéctica interrelacional interactuante. ¿No hablamos del mismo concepto de contemplación que planteaban estudiosos orientales como Ibn Sina?

V

La luz que abre el diálogo permanente entre ciencia y clínica, como lo es el psicoanális, y la filosofía, puede entenderse perfectamente como la trascendencia. Ese ir más allá de los supuestos fundamentales del cientismo que pretenden explicar con autoridad de verdad la percepción del hombre, la naturaleza, el universo y la realidad. Trascendencia que se entiende en desdibujar, descubrir fronteras (entenderlas para poder trascenderlas), para ir más allá del ser y estar, el ser y el esto, el sujeto y el objeto, descubrir el significado del ente y el ser del ente; en definitiva, el “sentido” en perspectiva transpersonal.

Obviamente, cabe aclarar que se trasciende cuando se vive en unidad con lo demás; cuando el objeto, el sujeto y la situación se conjugan, iluminan la comprensión, la comunidad y la intencionalidad de los individuos.

VI

El Modernismo y el Post-Modernismo (a modo de definir un centro de gravedad actual) han atrapado al hombre en la telaraña del Discurso Capitalista, el cual no es más (ni menos) que una voluntad de goce técnicamente instrumentada, cuyo ejercicio de poder es el estado de excepción. Frente a esto, la negociación dialéctica entre psicoanálisis y filosofía no puede ser frágil ni precaria.

El psicoanálisis cuenta con las estructuras y construcciones teóricas, clínicas y conceptuales necesarias para ayudar al sujeto frente al futuro efímero alienante que promueve el Discurso Capitalista. Junto a la filosofía, el trabajo es encontrar la narrativa adecuada y evitar que la relevancia de su discurso se convierta en un relato reductible a sus feligreses y defensores. Todo lo contrario, estar abierto al amplio espectro de detracciones, riesgos de cambio, modificación, hibridaciones… lo que no sólo legitima a su discurso propio, sino también lo hacen verdadero (mejor dicho, genuino). De este modo, abrazar el encuentro de una catacresis última, esa dimensión ontológica de desplazamiento de las cadenas significantes y de las gamas de representaciones consolidadas, para estructurar el significante original, el fantasma. Es decir, orientar o crear la huella hacia el conjunto de semblantes y ficciones orientadoras que conforman el discurso universal, para zurcir la fractura constitutiva del ser humano, la misma que le niega la identidad plena y se descubre como una falla a nivel estructural profunda, primordial.

Nota al margen: es responsabilidad del psicoanálisis no dejarse fagocitar por el discurso filosófico como significante amo, o sea, que sean los filósofos los que asignen un horizonte de sentido a la praxis psicoanalítica. Su tarea es asumir una postura como de antifilosofía, para sortear el dominio de ese S1, y que se sustente la verdad de la práctica a una finalidad no-propia.

La filosofía y el psicoanálisis, en sus indagaciones y labor inagotables, emergen como la única variable de probabilidad que pueda insuflar un significante nuevo en el Discurso del Capital, e instaurar el desacuerdo, la imposibilidad, el corte, en esa plusvalía de goce; con el objeto de despertar la Conciencia de Unidad, diluyendo las fronteras que dividen al hombre y no le permiten trascender. Arribar a la Totalidad o Realidad Última, la búsqueda que funciona como encuentro: éste es el rumbo al que marcha el psicoanálisis de la mano (no de) con la filosofía, la armonización, la unidad, que no es otra cosa que el sino del universo; aún cuando “todo” parezca indicar lo contrario, reconocer ese “todo” como un paso necesario a una comprensión mayor. Un proceso que va de lo reductible exclusivo a lo ampliamente extensivo e inclusivo.

VII

Cuando se mencionó el órgano holístico de integración anteriormente, no sólo se habló de la reconciliación del hombre con su vacío y conocimiento no sabido inconsciente, sino también entre la clínica psicoanalítica y el mundo espiritual. La ciencia del psicoanálisis juntamente a su articulación filosófica y la espiritualidad del conocimiento Zen, cuya luz inunda el problemático cuestionamiento de la existencia y la recuperación de sentido.

El desafío del psicoanálisis es descubrir, cual analizante, el sendero de la Unidad mayor de síntesis que consiga la dilución final de “teorías” y “técnicas” de aplicación flotantes, hacia un discurso dialéctico trascendente entre su pulpa filosófica y el espíritu Zen (siendo ambos “amasadores” de una categoría universal común: hombre-existencia-trascendencia). Lo que parirá un lenguaje de interpretación trascendental, una hermenéutica común y natural, en el abordaje del devenir de la estructura psíquica del hombre; para que éste logre alojarse en la sublimación existencial (bien puede llamarse arte o estado de nirvana).

Aquí se habla de un movimiento consagrado a una gran ética del yo, el sí mismo subjetivo, anulando los conceptos actuales rayanos con la frivolidad (la llamada función psi de Allouch, por ejemplo) y la agonía de la intersubjetividad, la no-presencia, que defiende el capitalismo voraz moderno. Anudando saber, práctica y sentido que tantos siglos han habitado la misma cueva (Filosofía – Psicoanálisis – Zen), y por fin se puede presentir el advenimiento de una conciliación mayestática interpraxis, que va a guiar al hombre a romper el sistema cerrado que lo equilibra como una fragmentación solitaria y aislada, a enfrentar el agujero traumático, el vacío, y lo lleve al precipicio desde donde saltar hacia su destino de sujeto: el despertar, la iluminación, el encuentro con el propósito fundamental: el Sentido, ergo, la Verdad.

De este modo, se vislumbra al Psicoanálisis y al Zen a modo de una bisagra que articula la doxa y la epistheme, que hace posible la realización del hombre a un nivel trascendente universal. Se sitúan como los marcos de una ventana triangular (Filosofía – Psicoanálisis – Zen) por los que el sujeto pone en ejercicio la contemplación hacia el universo interior (al estilo de Sartre: la enajenación del mundo). El nombrado ejercicio, el intuido estado, es uno de categoría artístico-sublimatorio, un “religare”, y al decir religazón hablamos de la esfera espiritual, la impregnación pística, lo que da vida, movimiento, fluidez permanente y necesaria para el abrochamiento de conceptualizaciones universales, ya muy lejos de la “lógica relacional” que desprende al hombre de la ontologización.

VIII

Cayendo a este punto, subyace en todos los detalles porqué el psicoanálisis, sin duda, es la gran praxis contemporánea metapsicológica de la existencia que reconcilie finalmente al sujeto con su propio sentido, su esencia, y que iluminado por la verdad amalgame y suture la angustia primigenia parida de la trilogía fracturante del ser (sexo, thánatos y lenguaje); desidentificándose así de la repetición, la fijación sintomática y de representaciones internas patológicas. Que alcance por fin el ideal de hombre, que no es distinta cosa que trascender la yoidad tajada por el vacío original (alimentado por un capitalismo que no descansa), en el encuentro con el vivir genuino.

A modo de reflexión (no conclusión del presente, puesto que –anhelo– es la continuación –aún inicio– de un largo estudio), voy a citar unas palabras de Jorge Luis Borges, quien conocemos como ejemplo de sublimación existencial por el arte (auténtico arte dhármico, como dice el maestro Trungpa Rimpoché), palabras que agregan a la inconmensurable constelación del pensamiento trascendente una estrella más:

Pienso en un tigre. La penumbra exalta

la vasta Biblioteca laboriosa

y parece alejar los anaqueles;

fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo,

él irá por su selva y su mañana

y marcará su rastro en la limosa

margen de un río cuyo nombre ignora

(en su mundo no hay nombres ni pasado

ni porvenir, sólo un instante cierto).

Y salvará las bárbaras distancias

y husmeará en el trenzado laberinto

de los olores el olor del alba

y el olor deleitable del venado.

Entre las rayas del bambú descifro

sus rayas y presiento la osatura

bajo la piel espléndida que vibra.

En vano se interponen los convexos

mares y los desiertos del planeta;

desde esta casa de un remoto puerto

de América del Sur, te sigo y sueño,

oh tigre de las márgenes del Ganges.

 

Cunde la tarde en mi alma y reflexiono

que el tigre vocativo de mi verso

es un tigre de símbolos y sombras,

una serie de tropos literarios

y de memorias de la enciclopedia

y no el tigre fatal, la aciaga joya

que, bajo el sol o la diversa luna,

va cumpliendo en Sumatra o en Bengala

su rutina de amor, ocio y de muerte.

Al tigre de los símbolos he opuesto

el verdadero, el de caliente sangre,

el que diezma la tribu de los búfalos

y hoy, 3 de agosto del 59,

alarga en la pradera una pausada

sombra, pero ya el hecho de nombrarlo

y de conjeturar su circunstancia

lo hace ficción del arte y no criatura

viviente de las que andan por la tierra.

 

Un tercer tigre buscaremos. Éste

será como los otros una forma

de mi sueño, un sistema de palabras

humanas y no el tigre vertebrado

que, más allá de las mitologías,

pisa la tierra. Bien lo sé, pero algo

me impone esta aventura indefinida,

insensata y antigua, y persevero

en buscar por el tiempo de la tarde

el otro tigre, el que no está en el verso.

 

Bibliografía

Alemán, Jorge. “Derivas del Discurso Capitalista”, Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2003.

 

González Garza, Ana María. “Colisión de Paradigmas”, Barcelona, Editorial Kairós, 2005.

 

Trungpa, Chögyam. “Dharma, Arte y Percepción Visual”, Barcelona, MTM Editores, 2001.

 

Alemán, Jorge. “Para una Izquierda Lacaniana…”, Buenos Aires, Grama Ediciones, 2009.

 

Maslow, Abraham. “Visiones del Futuro”, Barcelona, Editorial Kariós, 2001.

 

Luypen, William. “Fenomenología Existencial”, Buenos Aires, Ediciones Carlos Lohlé, 1967.

 

Borges, Jorge Luis. “Antología Poética 1923-1977”, Madrid, Alianza Editorial, 1998.

 

Revista Bimestral de Cultura Urbana “Quid”, Buenos Aires, Año 4, Número 24, 2009.

 

Gallo Acosta, Jairo. “Psicoanálisis y Filosofía”, Bogotá, PsicoCorreo, 2008.


 


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