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  N Claudio Simiz
CLAUDIO SIMIZ
(Buenos Aires, Argentina - 1960 - )


Claudio Simiz (Buenos Aires, 1960) Es Profesor y Licenciado en Letras (Univ. Buenos Aires) Cursa el Doctorado en Literatura .Ha publicado ocho poemarios (No es Nada, de 2005 y Tríadas, de 2009, son los últimos); obtuvo por su obra poética numerosas distinciones en el país y el exterior, entre los que se destacan premios de la Universidad de Buenos Aires (1980), del Sur(1981, Cpncuso Nacional), Faja de Honor SADE (2009), Internacional Aquario (Poesía, 1977, 3º Premio) Poesía Guajana (Puerto Rico, 2010) y 2º premio Concurso latinoamericano “Carlos García” (El Salvador, 2011). También recibió distinciones como narrador y dramaturgo; recientemente se ha publicado su libro de cuentos De Solitarios (1º Premio Concurso Internacional Artetilcara 2009).

Colabora en publicaciones académicas y literarias de Argentina y Latinoamérica; ha sido traducido al guaraní, portugués e inglés. Se desempeña como docente e investigador en institutos de formación docente y universidades, se destacan sus publicaciones, conferencias y seminarios sobre literatura regional argentina. Ha sido jurado en concursos nacionales de cuento y poesía en numerosas ocasiones. Con los grupos “Con-versando” y “Antes que venga ella” recorrió el interior del país brindando recitales poético-musicales. En diciembre de 2010 se estrenó su drama Exodos en el marco del “Teatro del Bicentenario”.  

Correo electrónico: runasimiz@yahoo.com.ar



El gran Gregorio

Gregorio tuvo los primeros indicios en el colectivo. Dos, tres pisotones, empujones, a veces, aún cuando el vehículo no estuviese demasiado lleno. “¿No ves que estoy acá? hubiese querido decirles a sus ocasionales (y seguramente inintencionales ) perturbadores.

Gustaba llegar temprano a la escuela para evitar las aglomeraciones y apuros del último momento; su lugar era el extremo de la mesa de sala de profesores. Desde ese distante lugar veía ir llegando a sus colegas, saludaba y entablaba alguna conversación, interesante, o de compromiso, según el día. Pero en las últimas semanas, apenas recibía algún saludo…ni hablar de los recreos, ahí cada uno llegaba cargado ya de los problemas del día, y él terminaba abstrayéndose entre uno y otro trago de café.

Al finalizar esa semana, las cosas se precipitaron. El viernes (especie de calvario con ese tercer año que cualquier cosa deseaba menos atender a su clase), escuchaba casi distraído la lección que entre cansino y descomprometido recitaba un alumno. Seguramente no advirtió que a su alrededor el clima se había ido crispando: papeles que volaban, grupos que conversaban, una parejita intercambiándose arrumacos en el fondo…el preceptor, que paseaba por el pasillo vidriado, entró y sin más  lanzó un “¿Qué pasa acá señores?” que pareció congelar las cosas un instante…Gregorio, súbitamente sacudido de su letargo, iba a decir algo, pero la respuesta del preceptor llegó antes “Disculpe, profesor, pensé que estaban solos…”.

El sábado, cobró, al fin, conciencia de que  las cosas iban por mal (o, al menos, desconcertante) camino. Era el día de visitas a sus hijos; sin un plan definido aún tocó el timbre de la que alguna vez fuera su casa, pero nadie atendió. Extrañado, sacó la llave y con gesto precavido, abrió y entró. No había nadie en el living, pero unos sonidos apagados llegaban del dormitorio de su hijo mayor; entreabrió la puerta y se encontró con su mirada, pero un instante después advirtió que había sido un cruce casual con el ensimismamiento del muchacho entre uno y otro monitor de  de su computadora. Dio media vuelta; por la ventana del fondo divisó al menor y lo saludó con el gesto cómplice y secreto que habían concertado un par de años atrás. El chico no le respondió, seguramente porque estaba muy entretenido con su gato. Desde el dormitorio principal, llegaban unos fuertes ronquidos…sospechó que había llegado demasiado temprano…entre los múltiples defectos de su ex no se encontraba tan desapacible respiración…Indeciso, se sentó en el sofá, y al levantar la vista, lo vio. Despeinado, como asomándose tímidamente entre la ropa no muy prolija, con un dejo de caminata desgastante…era él, claro, pero el espejo reubicado allí lo sorprendió. Decidió volver más tarde.

A la noche, recibió el llamado de Claire: se encontrarían el domingo, como casi siempre, en el bar frente al teatro. Los chicos se habían marchado un rato antes y se dijo que las horas siguientes serían para ella, para esos casi veinte años menos que él que lo hacían sentirse tan desafiante y pleno. Se paró frente a su espejo. ¿Qué hallaría Claire cada vez enfrentaba su cuerpo desnudo y anhelante, casi todos los domingos? Se fue desvistiendo interrogativamente, hasta dejar sólo el slip. Allí estaba él, su palidez, las entradas que ya se pronunciaban, sus hombros anchos, pero algo fláccidos, como su abdomen…era él, sin dudas, eso vería ella cada domingo, pero sólo Dios sabe qué busca y encuentra las mujeres cuando mira a un hombre…

Cuando llegó al café, ella ya estaba ocupando la mesa de siempre. La notó ansiosa (y qué bien le sentaba ese anhelante nerviosismo). Ella bebió su té rápidamente y con la mirada lo apresuró para ir al departamento. El sonrió y se dejó llevar; apenas ingresados al ascensor  comenzó a besarlo apasionadamente, él no recordaba un inicio tan intenso…fue una larga tarde de amor; ella, arriba, como siempre, parecía remontar vuelo, los ojos cerrados y los labios ya entreabiertos, ya apretados. En los momentos finales, él la sintió un poco ausente, egoísta, en su éxtasis…se sentía un poco cansado, además. Se preguntó qué pasaría si, mágicamente, él cambiara su lugar con otro hombre ¿ella lo notaría? En el reparador entresueño posterior, comenzó a sentirse algo incómodo, primero el hombro  bajo la cabeza durmiente, luego la pierna atrapada entre las de ella…lentamente se fue deslizando, no quería despertarla.  Finalmente la muchacha quedó como aferrada a ese cuerpo que ya no estaba allí, pero no despertó. La camisa, los pantalones lo fueron cubriendo otra vez, en silencio, y en silencio salió, y estaba triste, entre perdido y fatal, Gregorio.



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