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  N Daniel Abelenda Bonnet
DANIEL ABELENDA BONNET
(Uruguay - 1962 - )

Nacido en 1962 en Salto, Uruguay, ha vivido desde 1970 en el Depto. de Colonia, donde se inició muy joven (15 años) en el periodismo escrito, y fue también  corresponsal de medios de Montevideo.
En 1980 ganó una beca (A.F.S.) a los EE. UU. para perfeccionar sus estudios de Inglés.
En 1982 se diplomó con honores como Profesor del Instituto Anglo-Uruguayo, habiendo ejercido la docencia en centros de educación media por más de dos décadas.
Fue Profesor de Inglés en cursos para niños, jóvenes y profesionales en la Filial ROSARIO de O.R.T. (3 años).

Asimismo, cursó la Licenciatura de Ciencia Política en la Fac. Ciencias Sociales y fue profesor adjunto de C. Política e Historia de la ideas en la Fac. de Derecho (UDELAR).

Su obra édita incluye ensayos históricos, diarios de viaje, cuentos, novelas y poesías.

Entre los últimos, destacamos: “Secretos de estado” (novela), ganadora de una Mención en los Premios Anuales de Literatura del MEC de Uruguay (2003).
Por “Manodepiedra y otros relatos”, fue finalista del Certamen Nacional de Narrativa de la Intendencia de Montevideo (2004).
“El profesor” (cuento corto);  fue ganador del concurso de la Revista “La Voz de la Arena” (2005).
Obtuvo una Mención Especial en el concurso de ensayo para periodistas de la Organización de Prensa del Interior y la Embajada de EE.UU. en Uruguay (2006).
Fue coordinador de Talleres de Narrativa y Poesía en el Museo-Archivo del Carmen y la Casa de la Cultura de Carmelo (2004-2010)

Con el sello Abrace de Roberto Bianchi (Montevideo-Brasilia) ha publicado varios cuentos y poemas (2007-2010).
La editorial De los cuatro vientos, de Buenos Aires, publicó un cuento suyo: “Pocho Cantón”, en 2008. (*)
Actualmente, es colaborador de varias revistas culturales: “Revista Internacional Abrace”; Revista “Hipoética” (Paysandú); Boletín (digital) “De ida y vuelta” (Colonia del Sacramento), y miembro fundador de la Red de Escritores de Colonia.

(*) Más información en el Registro Nacional de Escritores de la B.N. (MEC-DNL).


EL PEUGEOT 403

El Peugeot 403 estacionado en la  calle de la Plaza, frente al Juzgado, indicaba que mi padre estaba allí  – como a la mayoría de los niños, me gustaba visitarlo en su lugar de trabajo. Subí por los tres escalones de mármol de la entrada, me crucé con gente que salía con carpetas bajo el brazo de aquella casona con claraboya, y entré a una de las habitaciones laterales que decía “Actuaría”; enfrente, quedaba el despacho del Juez.

No había nadie en la amplia habitación, con su escritorio de roble, un fichero metálico, dos sillones de posa brazos altos, en los que mi metro cincuenta, casi desaparecía y la alfombra muy gastada; por un puerta de doble hoja abierta al costado, me llegaron el teclear de una máquina de escribir, la radio que trasmitía la lotería, y el olor a kerosén de una estufa que no quemaba bien. 

Me saqué la túnica, la colgué en el perchero y fui a curiosear al escritorio; me llamó la atención encontrar una inusual cantidad de fotos en blanco y negro, junto a una pila de expedientes y el teléfono negro.

Lo que vi en aquellas fotos me impresionó: un hombre calvo y regordete, tenía un orificio en la cabeza y media cara ensangrentada; otras fotos lo mostraban boca arriba en el piso, junto a un charco de sangre y un revólver en su mano derecha;  no se veían heridas en otras partes de su cuerpo. ¿Por qué la “la Técnica”- había tomado tantas fotos…?

 

En eso, llegó mi padre desde la puerta lateral; traía un expediente en su mano y se lo notaba nervioso. Se alegró de verme y me preguntó si ya había merendado; le dije que no, y me prometió que me llevaría a la confitería de la Plaza en cuanto terminara.

Le comenté que había sacado un Sote en la prueba de Historia, pero él sólo dijo:

“¡Ah!, qué bien…”, mientras recogía con prisa las fotos y las ponía en un sobre amarillo que guardó en el cajón de su escritorio que tenía llave (la cerró). Luego se puso a escribir con su mejor caligrafía en la carátula del expediente que había traído.

Yo lo observaba de pie junto a su silla giratoria, y me extrañó que no agregara nada más – mi padre es muy conversador y siempre está haciendo preguntas – como Columbo;

Se ajustó los lentes (es miope, como el Teniente) y se inclinó sobre la cartulina, escribiendo una palabra en “Autos”: “SUICIDIO”.  Cuando hubo terminado, respiró, aliviado, me miró con ternura y me acarició el pelo; sintió que yo lo interrogaba con la mirada, pero él no decía nada. El silencio se hacía pesado. Encendió un cigarrillo, y me puso una mano en mi hombro; luego dijo en voz muy baja:

-         Prometeme que no le contarás esto a mamá, ni a tus compañeros, ni a nadie...

-          Palabra que no, papá – dije levantando solemnemente mi mano.

Hizo una pausa para asegurarse que no nos escucharan: el ruido de la máquina y la radio habían cesado; sólo se oían unos lejanos tacones desde el fondo.

 

-         Dígame, inspector: si una persona zurda decidiera suicidarse con un revólver, ¿se pegaría el tiro en la sien derecha?

Cerré mi pequeño puño con el índice hacia afuera con mi mano izquierda e hice el gesto de llevarlo a mi sien derecha.

-          Es muy incómodo; y además, no tiene sentido, si uno es zurdo…dije.

-         ¡Muy bien! Creo que “Super Cine Policial” estimula el razonamiento, hijo.

-         Este viernes está Kojak, y la semana que viene: ¡Columbo, mi preferido!

Mi padre esbozó una sonrisa, se levantó, fue hasta la ventana y la abrió –supongo que para dejar salir el humo: justo frente a la puerta del Juzgado estaba un Opel verde oliva con un chofer de gorra y dos soldados de uniforme con sus ametralladores en ristre, parados junto al auto. Mi padre no dijo nada, pero noté que mascullaba algo, molesto. Cerró la ventana y volvió al escritorio.

En eso, la puerta se abrió y apareció un hombre alto de traje azul oscuro: era el Sr. Juez; no esperaba mi presencia allí, y lo disimuló apenas con un “Hola, ¿visitando a Papá…?”;  se dirigió hacia el escritorio de éste; mi padre puso el expediente recién caratulado en sus manos, sin que él se lo pidiera. Los dos hombres quedaron muy cerca uno del otro, junto a la puerta; yo me hice el distraído mirando por la ventana; escuché que el Juez decía:

-         Muy bien; entienda que en estas circunstancias, no tenemos más opción que cambiar lo de “HOMICIDIO”;  hay gente muy gorda involucrada.

-         Bueno, dijo mi padre, mirando el suelo, supongo que no hay que pelear una batalla que no se puede ganar, ¿no, doctor?

-         Sí, nos tocó una época oscura, escribano; voy a llamar al Coronel para explicarle que se puede quedar tranquilo. Y tomándolo del antebrazo, le dijo: sepa que nunca le estaré lo suficientemente agradecido.

-         Por favor, doctor; sólo espero que nuestros hijos vivan tiempos mejores…

-         No tenga duda; mi hija quiere ser abogada penalista, ¿qué le parece?

-         ¡Excelente! A mi hijo le gusta la criminología – dijo mirándome desde sus gruesos lentes de carey – aunque  creo que será periodista…o aun, escritor.







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