Ricardo Lopez Ruiz
RICARDO LÓPEZ RUIZ
(Tudela, Navarra - 1967 - )



La vida quiso situarnos en la Ribera de Navarra, entre campos fértiles bien regados y bien trabajados. Allí nacimos en Tudela cuando el Caudillo todavía estaba en pie, un 8 de Octubre de 1967. Allí crecimos y jugamos en nuestra infancia y adolescencia en un hermoso pueblo llamado Villafranca (también dicho la antigua Alesves). Después tuvimos ocasión de ampliar formación y horizontes. Y también de traspasar fronteras. En Filadelfia vimos que un hombre puede ser polvo o puede no ser nada. En Francia descubrimos que París siempre será la ciudad de la luz y del amor. En Argentina nos desmelenamos en el microcentro bonaerense, pues al fin y al cabo la vida no vale más allá de un tango. Entremedio también hicimos algo de Ciencia. Y así se nos fue y así gastamos parte de nuestra juventud. Ahora seguimos paseando por las orillas del Ebro y sus afluentes, entre Zaragoza y Navarra, encantados de poder compartir con ustedes estos relatos que forman parte del libro “Caprichos Goyescos I”, que no es más que un pequeño trozo de mi corto caminar y un producto de mi particular visión, irónica, de la realidad, posiblemente de nuestra realidad.

Narrativa (Relatos): Caprichos Goyescos I , Editorial Círculo Rojo (2010).  

Sinopsis del libro: La Realidad nos va transformando al mismo tiempo que nosotros la transformamos a ella. Somos actores de sus designios. Nos señala con el dedo qué hacer y qué no hacer. Pero alguna vez uno puede llegar a colgar el ‘hacemos’ en un cartel, y quedarse sentado en el banco de la estación esperando al metro imaginario, al tranvía prometido o al trolebús soñado. Contar el tiempo con el reloj cónico de la mentira o comer una banana podrida al ritmo de una hormigonera. Retirarse al destierro con los apátridas o chiflar la última canción del Bio Rock Music Group… Sacar brillo a la necedad instalada en los pasillos del poder o pasar unas vacaciones pelando aguacates en Chinandegas. Contar las vueltas de un tango interminable o enloquecer ante otro ‘- ¡¡come on baby!!’. Mirar al sol haciendo eses en el cielo o predecir cuándo la luna dejará de obedecer las leyes del Tío Kepler… Las opciones parecerían incontables. Y es aquí donde surge otra alternativa posible: irse a la orilla de un río o a la playa más cercana, tumbarse allí tranquilo y leer sin prisa el librito que ahora mismo tiene entre sus manos. Seguro que no le defraudará… Como si de un frasco de perfume concentrado se tratase, ¡lléveselo y disfrútelo!.



SOBRE LA FUGACIDAD DEL MOMENTO

La Realidad nos va transformando al mismo tiempo que nosotros la transformamos a ella. Somos actores de sus designios. Nos señala con el dedo qué hacer y qué no hacer. Pero alguna vez uno puede llegar a colgar el ‘hacemos’ en un cartel, y quedarse sentado en el banco de la estación esperando al metro imaginario, al tranvía prometido o al trolebús soñado. Contar el tiempo con el reloj cónico de la mentira o comer una banana podrida al ritmo de una hormigonera. Retirarse al destierro con los apátridas o chiflar la última canción del Bio Rock Music Group. Deleitarse con la lluvia cayendo sobre la colada recién tendida o desatascar con las manos la taza rebosante de excrementos. Hacer el amor pensando en un teorema de hermeneútica o navegar por internet hasta encontrar la salida del agujero. Jugar a las cartas con la mafia delirante o fumarse el puro ficticio de la riqueza no poseída. Salvaguardar la dignidad arrastrada por el suelo vidrioso o pisotear el huerto de los clones cibernéticos. Plantar lechugas en la cabeza de los buscadores de oro o mear encima de los anillos de la amante. Rezar a todas las madres del mundo o sentirse un osito de peluche olvidado en un sótano oscuro. Beberse veinte caciques con sal y pimienta o saborear un martini en la soledad del abandono. Mirar desconcertado las pateras de la infelicidad o sucumbir al encanto de la materia oscura indetectable. Vaciar una botella de cinzano sobre la rosa mustia o limpiar con la fregona los platos del desamor. Salir desnudo a la calle con el móvil colgado del pito o trajearse para asisitir al entierro de los sinsabores cotidianos. Repartir monedas de cobre entre la chiquillada inocente o tragar golosinas hasta que el estómago reviente. Sacar brillo a la necedad instalada en los pasillos del poder o pasar unas vacaciones pelando aguacates en Chinandegas. Contar las vueltas de un tango interminable o enloquecer ante otro ‘- ¡¡come on baby!!’. Gritar con la lengua sangrante ‘- ¡¡basta ya!!’ o enlatarse en un cubo de basura. Mirar al sol haciendo eses en el cielo o predecir cuándo la luna dejará de obedecer las leyes del Tío Kepler… Las opciones parecerían incontables. Así, la cuestión no residiría tanto en ‘ser o no ser’ sino en ‘hacer o no hacer’. He ahí la pregunta: ¿Somos lo que hacemos o hacemos lo que somos?. Gran misterio, sin duda alguna, incluso para todos aquellos, que alguna o muchas veces, ni hacen ni dejan hacer.


MORTE TESTICULARIS

Adela se quedó de piedra. No esperaba que a ella le tocase pero tampoco se libró. Su marido también había sido infectado por la Morte Testicularis. La epidemia se fue extendiendo a ritmo vertiginoso. El virus, de origen desconocido, como si de una nube radioactiva se tratase, había acabado por afectar a todos los hombres de la zona. El efecto fue devastador. La región se quedó sin material genético masculino para la reproducción. El virus no afectaba a las mujeres. Quedaron atrás aquellas palabras que, de joven, Adela susurró un día al oído de Pancorbo, su marido: ‘- Es que yo soy una mujer muy selectiva’. Resonaba una y mil veces aquella frase en su cabeza. No entendía cómo le estaba sucediendo aquello, ¡a ella!. Se sentía maldecida por la vida. Ella quería tener familia a toda costa. En principio deberían haber sido hijos de Pancorbo, pero si ello ya no podía ser, entonces estaba dispuesta a que su descendencia llevase otros genes…Pero el virus seguía su marcha. Las emanaciones de gases desde la zona vecina, volcánicamente activa, estaban devolviendo de las tripas de la Tierra algún virus que en otro tiempo pasado quedó allí almacenado. Nadie se podía creer aquella hipótesis, pero ninguno encontraba otra explicación. Si la ciencia había sido incapaz de resolver el problema de la reproducción, cómo se iba a creer uno ya teorías tan peregrinas. Pero al menos las fechas de los primeros infectados coincidían con la reactivación del volcán. Si eso era cierto, era cuestión de esperar un tiempo para que el virus se fuese extendiendo por todo el país. Se declaró una EON, Emergencia Obligatoria Nacional, y así, en el Territorio más alejado del volcán todos los hombres fueron llamados por el SARAO, Servicio de Acción Rápida Obligatoria. Se había improvisado un Plan de Choque contra la Morte Testicularis: toda mujer en edad de merecer debería viajar en un plazo de pocos meses hasta dicha región. Allí le sería asignado un hombre, en principio, según su elección, y si no, al azar, con el que debería intentar quedar preñada. Se trataba de generar el mayor número de embarazos posibles para ganarle un tiempo de 9 meses al virus, tiempo durante el cual quizás habría la suerte de desarrollar una vacuna preventiva para los futuros hijos o bien una medicina para recuperar a los hombres perdidos. La población estaba confundida. De pronto, todo un sistema de valores, todo un andiamaje sobre el que se habían construido tantas vidas individuales, toda una sociedad, se venía abajo. Pero no había alternativa, era cuestión de supervivencia, pura y dura, o se ejecutaba el plan o se corría el riesgo de despoblamiento y desaparición…Adela tardó una semana en tomar la decisión con Pancorbo. Concluyeron que aquello fortalecería su amor. Le asignaron un hombre de 50 años, sano, de 1m75, con 90 kgs. de peso y con la prominente barriga típica del lugar…Llegado el momento Adela no se sintió capaz de hacerlo, se quebró. Su educación no le había programado para tal locura. Volvió a su ciudad para vivir el resto de su existencia con Pancorbo, hasta que la muerte los separase…Así fue y así murieron, como tantos otros, sin descendencia alguna.


MUERTE DULCE BAJO LA ARBOLEDA

Su padre se había suicidado y a su madre se la llevó un cáncer. Se quedó sin una tabla a la que agarrarse desde muy jovencita. Sin embargo, y a pesar de todo esto, su existencia no había perdido el sentido. La delgada línea que separa la cordura de la locura. Marina siempre tenía una frase en los labios: – sabemos el principio pero nunca el final, – hoy es blanco y mañana es negro, – la vida da muchas vueltas pero el perro siempre se echa a la última, – no puedo elegir a mis enemigos pero sí a mis amigos,… Muchas de esas frases no tenían un sentido definido ni encajaban en la conversación, eran absurdas: – hoy por mí mañana por tí, – al indiferente la ley vigente, – en la ciencia no hay amigos, – llega un día donde todo el mundo se baja los pantalones, – pervertir una estructura horizontal en una estructura vertical, que todo sea como en el ejército, – aquí lideran los curricula más densos, – éste no es de la casa, – esto te lo digo como jefe de grupo, – ésta es mi área y aquí mando yo, – atrévete y puedes ir al río con un par de piedras al cuello,… En su cerebro se habían almacenado frases hechas y rotundas, y las articulaba a la perfección, las incrustaba en la conversación con precisión suiza y las dejaba caer como losas de piedra, pero más allá de aquellas frases no había discurso, era un andamiaje basado en la más pura y vacua apariencia. Finalmente, quizás la vida no sea más que eso, un puro teatrillo producto de una ley de superviviencia que la vida en sociedad ha tergiversado hasta tal punto que pareciese contra natura. No había consciencia del contexto. También había perdido el sentido del tiempo y no distinguía el presente del pasado. Los recuerdos se le agolpaban sin orden ninguno. Una conversación con ella era como navegar en un bosque espeso sin rumbo determinado, como lanzarse al mar encrespado con un pequeño bote salvavidas. Lo mismo podían salir anécdotas de la guerra como los sentimientos con su última pareja. Y ya llevaba unas cuantas a sus espaldas…Marina se levantó aquel día con una sonrisa en la boca. Como siempre hacía para salir a la calle, se puso el vestido más florido de su armario y se pintó. Puso la cadena a Nachete, el pequeño perrito que le hacía compañía día tras día. Los dos salieron a pasear. Iban ufanos y felices disfrutando de los rayos de sol que se deslizaban entre el arbolado de la avenida. Al lado se escuchaba el estruendo de las grúas y máquinas de un edificio en construcción. Un ruido seco, como de una sirga rompiéndose, se oyó por encima de sus cabezas. Las ramas crujieron. Un palé de ladrillos se desplomó sobre el suelo. Marina y Nachete quedaron literalmente aplastados. Sus restos nunca fueron reclamados por nadie aunque recibieron santa sepultura y en su tumba nunca faltó una rosa roja…Marina tuvo mala suerte. Su final fue absurdo, tal como fue toda su historia y tal como fueron todas aquellas frases que, durante años que casi pareciesen siglos, salieron por su boca, tan absurdo como lo es la vida misma.

NOTA:
Estos relatos forman parte del libro de relatos “Caprichos Goyescos I” del mismo autor, Ricardo López, publicado por Ed. Círculo Rojo en Mayo de 2010.


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