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  Anibal Manuel
ANIBAL MANUEL
(Colombia - 1950 - )



Aníbal Manuel (Colombia 1950) ha publicado los siguientes libros de poemas: DIARIO DE LA AUSENCIA en 1972; CANTO DEL PROLETARIO en 1975 y con el cual obtuvo la Mención Especial en el II Concurso Nacional de Poesía “Eduardo Cote Lamus” celebrado en Cúcuta); TIEMPO DE OBSTINACIÓN en 1981; COTIDINA en 1985 y PROLONGACIÓN EN LOS ESPEJOS, en 1986.

Sus poemas fueron incluidos en las siguientes antologías: ESTRAVAGARIO, por María Mercedes Carranza, Colcultura, 1976; DIEZ POETAS COLOMBIANOS, por Fernando Garavito, Colmena, 1976; POESÍA MILITANTE EN AMÉRICA LATINA, Cambridge University Press, USA, 1977; POESÍA, por Aníbal Arias, Ed. Etcétera, 1978; ALBUM DE LA NUEVA POESÍA COLOMBIANA, por Juan Gustavo Cobo Borda, Universidad de Carabobo, Venezuela, 1980; 21 POETAS ESCOGIDOS, Editorial Altazor, 1982.

En 1985 obtuvo el primer premio en el concurso departamental de narrativa “Recuerdos de mi Pueblo” con la novela FULL-65.

Publicó, además, ARTE PARA EMPEZAR (Ediciones Embalaje MR), texto guía para la enseñanza en el bachillerato, donde fue por varios años profesor de español y literatura y de historia del arte.

Fue columnista del ya desaparecido diario El Pueblo, de la ciudad de Cali y colaborador permanente en diversas revistas literarias del país

Fue director ejecutivo del Museo Rayo de Roldanillo, Valle, Colombia. Actualmente ejerce su profesión de abogado y criminalista.

 
Sitio web:
http://poemas-anibalmanuel.blogspot.com/


ELLA

(a Beatriz)

Elemental como el agua
ella guarda en su mirada el resumen de todos los silencios

Transparente como el agua

en su mirada se trasluce la verdad del día que despunta

Basta con recorrer su piel de mariposa

y cerrar sus párpados con la punta de los dedos
para que toda ella tiemble hasta perturbar incluso el corazon de la piedra

 

Si la noche invita al abrazo
en su pecho galopan el ansia y el asombro derbordado
el grito del deseo y el sorprendido amor
el fuego que se aviva en las cenizas y en el beso
cuando el labio se posa en el labio como el ave en su sombra o su reflejo



NIÑOS

Que jueguen a inventar la noche
o a desarmar la realidad en un espacio imposible,
                                                                                es lo de menos.
Que asciendan al milagro por escalas invisibles
o que vuelen en extrañas naves sostenidas en la mano
y visiten remotos e ignorados planetas
sin siquiera moverse del rincón del patio,
                                                                  es lo de menos.
Incluso poco importa
que edifiquen una ciudad sin fronteras
en el andén de la casa.
Lo que urtica y de veras
es que en la danza del sueño
me invadan con sus uñas afiladas,
que insistan en traspasar mi pecho
y colocar mi cabeza en el tronco de los condenados,
que me desgarren,
que me descoyunten,
que me amputen brazos y piernas
y se vayan saltando al son de un materile
mientras quedo suspendido
de un delgado hilo de sangre.


SCHERZO LIGERAMENTE MELÍFLUO

I

Ah, bella mujer...
De nuevo,
bella como los crímenes perfectos.
O hermosa como la mudez penúltima
que hemos ido labrando a golpe de sentirnos cada día.
Cuando aún no estabas ni te presentía,
yo no era más que el ausente de ansiedades y distancias.
Algo me faltaba en el costado:
una herida, quizás, para la duda,
tal vez un poco de corazón acorralado.
Quise llamarte repentina,
pero ya te adivinaba la tarde que poco a poco te trajo
hasta dejarte justo en el último día de febrero.
Entonces nada pudo eludirte.
                                              Nada.
Ni los aerolitos de escritura pasajera,
ni el ruiseñor que anidaba en su propia melodía,
ni la sirena prematura
que advertía el tránsito fugaz de la mirada en soslayo.
Si no hubieras nacido,
yo te habría inventado.
Si no tuvieras esa forma de reír a veces,
yo te hubiera diseñado una silueta de cascada en los labios.
Si te hubieras desviado un tanto así...

II

No sé qué habría pasado si te hubieras desviado un tanto así.
Lo cierto es que con tu nombre
que recuerda a la flauta del encanto,
hallé la ruta que obliga a retornar sobre los pasos.

Con tu nombre que turba como los enigmas
y guarda la sonoridad de las hierbas aromáticas.

Porque en la transparencia que te llega hasta bien adentro,
se hizo inútil el ojo avizor,
perdió su esencia el interrogante que te suponía,
cayeron de su paso todos los sobresaltos.
¿En qué discreto velo te amparabas
que ni siquiera las ráfagas del nordeste te rozaron?
Un poco más de crepúsculo en el arco de tus cejas
y las primeras briznas de la noche habrían sucumbido.
¿En qué desván del tiempo te ocultabas
que ni siquiera el asedio de las termitas logró su cometido?

III

Lejos de tu acento
el torbellino de los siglos fue apenas un diminuto remezón de alas.
El ímpetu del diluvio
quedó suspendido cuando tu cabellera cascadeó
sin más impulso que el prestado por el gesto que aún conservas.
¿Sería que tu única posibilidad
fue la de ser más alta que la cifra inalcanzable?
No respondas.

III

Dime, entonces, si esta música,
dime si este retrato en mi bolsillo izquierdo
y esta postal de acrósticos fatales
aún tienen la forma que quisimos darle al recuerdo.
El tiempo se desprende de los calendarios.
Y las fechas del relato que iniciamos
siguen con su memoria a cuestas.
Pero nada es posible comparar con esa persistencia de océano
ni con esa idéntica necesidad de apurar el mismo trago.
Ah, bella mujer...
Dime si la piedra engastada en tu cuello,
dime si el vidrio cortado a tu medida
o ese brillo de acero que te sigue a toda parte
tienen aún el ritmo que solíamos confundir con cascabeles.
Dime pronto
si de veras continúan campaneando nuestras tardes.

IV

No tengo guitarras
pero de igual manera te nombro en mi trino dislocado.
Te llamo amplia
porque obligas a que se confundan las medidas
y haces que los aeroplanos se distraigan de su ruta.
Si te digo cierta
es porque incitas a que el ojo del pez se obnubile
y permites que los imperios de la joroba se derrumben
cuando te proyectas en dirección del verano.
No tengo guitarras.
Ni me importan.
¿No estamos, pues, atados a la misma sinfonía de vida y fuego?
Ah, bella mujer...
En el transcurso de la jornada que nos incumbe
y en la escala horizontal de la espera sin medida
hemos proclamado la persistencia del lucero.
Sin más arreos que los del naufragio,
hemos eludido los embates de la congoja que extravió su órbita.
¿En qué artificio de colmenas te resguardabas
que ni siquiera la niebla tardía pudo eclipsarte?
Me recuerdo cuidando un miedo ciego a los abismos
mientras tú,
la de los pies presuntos en la tierra,
pasabas por mi calle ondeando como las cometas de papel que le exigen
viento a un niño cuya ilusión más alta es volar hacia el primer sueño.
Lo que quiero decirte
es que yo también supe de la botánica para los ausentes.
Como tú,
aprendí a descifrar el signo del alivio para los nostálgicos
y a practicar
de espaldas al zodíaco
el ritual del desolado.
¿En qué parapeto de ansiedades recostabas la espera
que ni siquiera el interlunio pudo hacerte desistir?
Por eso regresamos a la periferia que nos contenía.
Entonces adormecimos en el pecho
una flor de octubre que aroma y crece
incluso en el filo ebrio de los acantilados.
Entonces alucinamos de nuevo
y nos detuvimos en la leyenda de estandartes seculares

y la tornamos en la hazaña de andantes
que hizo crujir las espadas para romper los sortilegios.
Ah, bella mujer...
¿Sería que tu única posibilidad
fue la de ser más alta que la cifra inalcanzable?
No respondas.
              No respondas.
                              No respondas.


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