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  Manuel Aguirre
MANUEL AGUIRRE
(Perú - 1940 - )

Born in Arequipa (Peru) in 1940, Manuel Aguirre was sent to military school by his family. His first posting was at a barracks on the shore of the famous lake Titicaca on the Bolivian border. Stranded in a world filled with poverty, smuggling, arms trafficking and drugs, the place and its stories had a profound effect on him and he would turn to writing to relive this incredible life experience.

Aguirre worked ten years on an extremely long epic novel which was never published. He later decided to rescue the essential aspects of the experience, transforming them into this fascinating short novel. In 2006, he self-published a small print run of the text in Peru. A French independent publisher came across it and published it in France where it received extremely good reviews.

A Bullet Through the Forehead is an essential Latin American novel, an exploration of recurringly relevant themes. Violently beautiful, it is written in the best literary traditions, from Time of the Hero to Chronicle of a Death Foretold, plunging the reader into a turbulent 21st Century. 

2 poemas:

UNO
Y
Mardones,
nuestros cuerpos rodaron
como palabras sin sentido o
con él.
Estudiamos L’Informatique
y quisiste hacerme creer
que tu cabronería
era una eruptiva.
Nuestro verdadero oficio fue
chupar
sangría
en
la
“Candelaria”
y
mientras yo escribía versos a Nicole
y Cloe

fundamentabas la posición
del Partido Comunista chileno.
 
DOS
En el muelle, cubierto de niebla,
arrastra las plantas el viejo entrecano
exprimiendo dolor de su limón,
su artritis dentro de la cojera.
 
Enrolla penas en su rueca, velado por la bruma,
como por la ceguera viscosa
de un gran señor

Llora, se queja de la irremisible

falta de aliento,  su rostro bañado
por el  sudor
el hueco negro en su O umbilical.
 
Habla, con las olas, sobre sus
cansados dientes, grises de soledad,
su dolor en el tiempo, la
muda trayectoria de su vacío intelectual,
la repetición de gestos mínimos que
salen de los labios derrotados, porque
la distancia en años luz hasta la oreja
no se puede medir en términos concretos.
 
Con pasos de rengo, se interna en
la bruma de su pasado, tienta
con las yemas el espejismo de
aquellos rostros,
único testimonio de su insensata
realidad.  “We are going to let you
go”,  me dijeron, le grita al viento.
gesticula, señala con el índice erecto
puntiagudo, puñal cubierto de
sangre, mientras reconoce las
caras agudas, las puntas de flecha
en las colas de los emisarios que
rondan la playa exclamando en voz alta
 
diciendo sin tapujos, a los cuatro vientos,
que sus días son  pocos, pero duros.  Que
la agonía será lenta, desdentada,
desnuda, helada y sobre todo,
llena de mugre, porque sus engranajes
carecen de dientes, no impulsan más la rueda,
todas la ruedas.

 
TRES
Percibo la imagen de un hombre, un

anciano, parece,  en

el fin lejano de la angosta
habitación dentro de mí.
 
Sufre, por los signos externos lo he
deducido,
murmura, balbucea, esboza frases, lo
oigo.
Se lamenta, mientras escucha un “Agnus Dei:
de Barbell”, acota; explica con
palabras cruzadas su extraño sino;
¡la desgracia!, aúlla, de entender la música.
 
Qué injusto, menciona, poder vibrar el
cuerpo entero a través de los coros.
Esa sensación terrible y dulce, al mismo tiempo.
El ingreso, en este cuerpo, de
la nostalgia, por el plexo
solar, hacia adentro, rodeando la
tráquea, hacia arriba,
envolviendo el corazón en todo el
círculo, a fin de enfatizar la pena, como
Navajos danzando agachados, cambiando
de pierna, con un hacha de piedra en una
mano,
un dreamcatcher en la otra.
 
Qué miseria, entender esta música, querer llorar y
ser feliz, en el mismo deseo, parir la sensación de
que se entiende la vida, el mundo.  Que la inteligencia
es clara, que se ha desatorado la tubería por la que
circula el espíritu
para luego estrellarse, de
pecho con la realidad de estas
manos inhábiles, estos miembros desordenados,
esta roca inmóvil del silencio, en mi materia gris.
 
Qué castigo, condena cruel, sadismo grosero
haberme dejado entender los sonidos, dice el anciano,
recibir la belleza prestada de esas voces.
Qué incongruencia,
dice el desdentado hombre en el
extremo lejano del cuarto;
ahogado en las escalas, deseando escuchar esa
música por siempre.
Tengo pena de mí mismo, se lamenta, él;
tener que viajar este recorrido sabiendo que
nunca podré cantar, tocar, componer.
 
Qué incongruencia, mi señor, repite una
vez más, esta música que me invade
y me vibra y me alegra y me entristece
sin cesar.


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