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  Mario Rivetti
MARIO RIVETTI
(Salta, Argentina - )


Mario Rivetti, escritor oriundo de la provincia de Salta (Argentina), miembro de la S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores), coordinador cultural de la A.S.M.A.V.A. (Asociación Salteña de Músicos, Artistas de Variedades y Afines), coreuta del Coro Polifónico de la Provincia de Salta, miembro de la Comisión de Arte y Cultura de la Fundación Salta, director de la revista literaria "Ars Litterarum", compositor registrado (S.A.D.A.I.C.), columnista de la revista "El Federal", corresponsal/columnista de la revista literaria "Sinalefa" (New York), creador y conductor del programa de TV "Palabra de Artista). Ha cursado estudios de letras, historia, estética, idiomas, historia del arte, psicoanálisis, entre otros.

Su labor artístico-literaria se remonta a su temprana infancia, desde la cual comenzó el tránsito por el camino de la literatura (con algunos intervalos de corto tiempo). Su obra y calidad literarias han sido reconocidas en diversos concursos nacionales e internacionales, incluso por asociaciones literarias.


Soledad y espejos

Nada hay
si no estás conmigo
llego a la casa a oscuras
ni un ángel, ni un nacido,
sólo el misterio de un eco perdido
filtrándose por los poros del silencio.
Las palabras que intento crear
se vuelven una argamasa agria que raya mi lengua
y cada pensamiento
regresa a mi estómago agujereado
como un hijo más del vacío inmanente.
Ya en mi cama
no hago más que evocar los mitos de tu recuerdo
enredándome en los cabellos aletargados de las sábanas,
y con hielo en los pies
cuento los segundos, minutos y horas que anteceden
al viejo día que nunca llega.
Luego
sin sueños o cansancios en los bolsillos
viajo insomne entre la multitud de colectivos y oficinas rutinarias,
fantasma ejemplar
en medio de tanta tumba y colores sordos.
Alma furtiva
debatiendo sus fuerzas entre los orujos de la miseria,
y con un fuego descolorido
royendo,
deshabitando lo último que queda de vida en los espejos.


Savia de ángeles

A veces cuando vuelvo a nuestra roca
me niego de las velas consumidas,
de la indiferencia que no es más que fuego
fuego como picos de águilas en mis pieles.
De pronto me pregunto
si recuerdas nuestra antigua plaza, los corsos
de caracoles, las anémonas volando
sobre nuestras cabezas.
Y en las tardes en las que mis ropas
se cocinan en aquellas brasas
reconozco que jamás te has ido
nunca te marchaste en realidad
porque acerco mi nariz a la tierra
y siento tus labios temblorosos como siempre.
Cuando una pesadilla me aniquila
en noches de tempestad
tu grácil voz viene a devolverme la vida,
no puedo negarme
ni puedo negarte
en el polvo que irrita mis ojos, en la brisa
que peina mis cabellos en la mañana,
menos aún
en la clorofila que oxigena mis emociones.
¿Sabes?
en el crepúsculo cuando recorro nuestras calles
aún me siento como entonces
temeroso de tu ausencia, aliviado al presentir
tu figura a lo lejos,
reflejado en las pupilas del lago y
en el cantar del otoño a tus pasos.
Ya nada sabes de mí o yo de ti
¿amor, qué podría haber quedado al azar entre nosotros?
Fuimos crueles con nosotros mismos
abríamos rutas a nuestra sangre para luego amarnos interminablemente.
Amarnos...
navegarnos en ese silencio, en esa erupción de salivas y
abrazos tan nuestros,
con pies descalzos
hundirnos en un tornado de gemidos, besos y gloria.
Jamás pude medir tu cuerpo
no podría mi razón calcular la longitud de tu piel
pues eras como un desierto sediento que me devoraba y
devolvía como palmeras o un oasis
donde tu garganta pudiera aliviar sus grietas.
Amarnos era más que todo
era dejar de ser humanos y convertirnos en dioses
era arrojar nuestros anillos para ser la savia que alimenta
a los ángeles
ser universo y eternos.
Ya ves como después de tantos años sigues intacta
como una perla dentro del caparazón de mi alma
tan blanca y transparente al cruzar de las gentes
sin siquiera imaginar que sólo estoy
ahogando trozos de nuestra vida en una hoja sin sentido
tan común como cualquiera de mis latidos.
Mientras siento el viento  frío de los Andes
recorrer mi rostro y mis manos
la otra mitad del planeta se despierta con un sol rosado,
ya no deseo que estés aquí
pues estás en mí
en mi amor,
profunda, descuidada y sin memoria
eterna como las estrellas.


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