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  Rei Berroa
REI BERROA
(Gurabo, República Dominicana - 1949 - )


Rei Berroa (Gurabo, República Dominicana, 1949). 

Poeta, profesor, crítico literario y cultural, músico, traductor. Es autor de más de treinta libros de versos, antologías poéticas y estudios de crítica literaria. Destacamos entre sus libros de versos: Libro de los dones y los bienes [Caracas, 2010; 2ª edición en México, 2012, en prensa]; Libro de los fragmentos y otros poemas [Caracas, 2007], agotado el mismo día que se presentó al público; Book  of Fragments [Calcuta, India, 1993] (traducción de su Libro de los fragmentos [Buenos Aires, 1988]);  Los otros [Santo Domingo, 1981]; Retazos para un traje de tierra [Madrid, 1979]. La editorial Maúcho (Villahermosa, México) ha editado el CD Jerarquías con una selección antológica de su poesía (2009). Su extenso monólogo dramático De adinamia de mente de umnesia fue galardonado en 2008 en el Primer Concurso sobre el Azheimer y la memoria, en Murcia, España, y apareció como libro en mayo de 2010 (Villahermosa, México). Su libro Otridades: Lámpara de los encuentros (Zamora, España, 2010) fue uno de los diez libros seleccionados por la Asociación de Editores de Poesía de España como libro de lectura recomendada. En mayo de 2009 se hizo acreedor de la “Medaille de Vermeil” de la Société Académique d’Arts, Sciences et Lettres de París por su obra poética y sus contribuciones al desarrollo de las artes. En diciembre de 2011 recibió el Premio Internacional Trieste de Poesía por el conjunto de su obra poética. En junio de 2012 recibirá el Premio Mihail Eminescu de Rumanía por la perspectiva poética de sus ensayos literarios.

Ha participado en muchos de los festivales internacionales de poesía más importantes del mundo y su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, turco, italiano, ruso, bieloruso, francés y portugués.

Como crítico literario, ha publicado multitud de artículos de pensamiento e investigación en libros y revistas especializadas de Europa y América. Entre sus libros críticos, cabe mencionar: Poéticas de la maternidad: cuerpo que crece y nos fractura (en preparación para Monte Ávila, Caracas),  Aproximaciones a la literatura dominicana I (1930-1980) y II (1981-2008)  (Santo Domingo, 2007 y 2008), Ideología y retórica: Las prosas de guerra de Miguel Hernández (México, 1988).

Recibió su doctorado en filosofía por la Universidad de Pittsburgh (1983) y desde 1984 enseña literatura contemporánea de España, Latinoamérica y el Caribe en George Mason University, Virginia. Dirige para el Teatro de la Luna el Maratón de Poesía: dos días de festival poético en el Teatro y la Biblioteca del Congreso con poetas de todo el mundo hispano. Ha publicado siete antologías de este Maratón.



ACID RAIN

   Me meto en esta orilla del terráqueo globo
   donde arguyen los que saben y especulan sobre el tiempo
   que el clima va templado.

   Indago alrededores:
   ¿Qué es esto, digo,
   si pregunto por el aire
   y me llegan hediondeces
   que transmutan y envenenan los sentidos
   o me quitan la flor de la memoria
   y al asfalto me lo ponen contra el pie
   contra la grama?

   ¿Dónde están las plantas,
   el árbol de follaje
   que lechos producía para el agua?
   ¿Dónde el pájaro o el pasto?

   ¿Qué fue del caminante aquel
   Que, el hacha sobre el hombro,
   anduvo investigando
   por dónde se llegaba a las raíces de esta lluvia
   que reduce lentamente
   el porvenir y mi pulmón?

   Ni encuentro al caminante
   ni puedo tocar el pasto sin herirme.
   Y en vez de los follajes y del agua
   sólo un ruido de motores que trae el viento;
   y en vez de aquella brisa y el paisaje,
   un vago olor a desperdicios y bencina
   herida gravemente la verdad por el político
   y calvo el pájaro.


            (Poema II de Libro de los fragmentos. Buenos Aires, 1989)
 

SENSUAL  ACOSO

           Cariñitos de un instante
           y no volvernos a ver.

                         “La verdolaga,” canción popular de Rubén Fuentes


Aquella mujer en flor que vino a casa
casi a media noche, lleno el pecho
de palomas pensajeras como si fueran sombras,
como si fueran el latido de muchos hornos encendidos
y trajo abierto su pan, mojada la lengua
y preparada ya su  levadura,
y a la que yo también le abrí mi chimenea
para que no tuviera frío ni sufriera
de ausencia o soledad o desvarío,
contenta me ofreció lo que traía.
Se sentó en mi mesa,
se bebió mi vino,
nuestro pan a partes iguales compartimos,
conmigo cantó canciones de amor
y yo me acurruqué en sus valles como pude.
“Acosémonos, palomo,” me dijo,
y allí mismo nos palomizamos acosados.

Las sábanas y los sentidos temblaban
como hojas ruborizadas por la lluvia.
Deshilvanado el pulso, echóse a galopar:
colgados de los pechos de la noche
montamos las deliciosas naves de los locos
como impúberes hambrientos que logran
saciar por una vez remotas hambres
y volamos en busca de Alamedas.

Fue el mismito Malecón el primer escenario
de nuestros arrullos insistentes. Olas en la bruma,
halos en la espuma, el arrecife,
las puertas del mercado, el obelisco
se encendían al golpe de cadenas
que rompían todas las caderas del deseo
y de un golpe el apetito saciaban al ritmo
de la güira y la tambora haciendo llover historias
tejidas al hilo del vivir, al hilo del morir
como si fueran dos carreras del mismo acordeón
en un danzar que era una sola y misma dentadura.

Remamos en Quito un tiempo sobre el lago
antes de ser atravesados por una punta de lanza
que se clavó en la orilla y nos dejó soñando.

En Lima nos amamos con Chabuca de testigo
que salía al balcón en busca
de una flor perdida en la canela.
De ahí a Santiago, en el mismo rojo banco
en que aquel once de septiembre
habían caído muertas en mis brazos
dos palomas abrasadas,
dos palomas que un dos de octubre
habían escapado a la masacre
de las Tres Culturas, Tlatelolco,
haciendo escala, como nosotros,
en todas las Alamedas y poniendo
sobre aviso a los amantes:

¡Que llega la muerte
montada en sus aviones invisibles
y trae pergaminos que quiere que firmemos
a cambio del aceite de nuestras rocas
y de formas de gobiernos
que dicen ellos haber inventado últimamente!
¡Que ahí viene la muerte
y hay que escapar a la indignidad
del hombre que vende su linaje
por un plato de lentejas
y luego se masturba en medio de la calle,
a solas, en el templo, en la oficina
con el nombre de Dios
atravesado entre la lengua y la garganta!

Siete días, siete noches después en mi buzón
dejó el cartero un documento bien sellado
según el cual se me culpaba de sensual acoso.
Tenía cuatro días, cuatro noches
para comparecer ante mi acusación y sus agentes.

Me indultaron doce meses después
por falta de pruebas y testigos
y porque descubrieron, después de cien torturas,
que quien había levantado testimonio
en contra de mis fechorías
no tenía nombre ni apellido,
ni habían podido dar con ella o él
en ninguno de los libros
del Estado o de la Iglesia,
del tiempo, del deseo o de la injuria.
Que era probablemente otra persona más de ésas
que se escapan de las páginas de un libro
y creen en verdad que son o fueron
o serán tal vez un día.

Evidentemente
no mostré la cicatriz que tengo aún viva
en el lado izquierdo de mi sombra,
ni he vuelto a pronunciar una paloma más
a la oreja de Cupido.

¡Y yo que había pensado
que no éramos barcos de vela ni muchachos
varados en Edenes, en Comalas, en Macondos,
sino un fluir de luces en la historia,
un delicado aleteo de besos
caídos en los altares de este polvo ceniciento
del amor y sus vacíos,
del desnudo, de la nada.


                [Poema 18 del libro inédito Palomas pensajeras]
 

SIN DEJAR NINGÚN DETALLE

Cuéntaselo todo a la mujer.

Dile
por qué se encuentra acompañada en sus vacíos,
por qué tus gatos tienen nombres
de astronautas misteriosos
o instrumentos musicales
y por qué, sin darse cuenta, irrumpe en carcajadas
cuando está frente a tus nalgas temblorosas
como enormes mejillas que han perdido
su lugar y dirección en los orígenes del cuerpo.

Antes de que venga blandiendo la verdad
que encontró no importa dónde,
tirada a la vera de la calle,
de boca de tu amigo o tu enemigo,
leída en la sección de sociedad del vespertino
o en la sala de un museo o del mercado.
Cuéntaselo todo a la mujer.

¿Has tratado realmente de entender
su distante timidez, su parca risa,
sus amores escondidos a la sombra de su sueño,
su paso leve y su compás cerrado?

Esbelta como hatillo de silencios,
mastica cada sílaba en tu nombre
con su ritmo entre sensual y reciclable
buscando pronunciar con parsimonia
toda consonante, las vocales,
y poder con ellas dibujar
las redondas anteojeras de las horas,
el bigote encaneciéndote
de ayer a aquesta parte la nuca juvenil
que prolongaba hasta hace poco
los años aquellos de vino y rebeldía,
la piel aceitunada del llanto de la tierra
y el constante fluir de tu sangre
en las heridas de la risa,
halcón que llevas sobre el hombro
para perseguir tu pesadumbre
y apuntalarla a picotazos.

Cuéntaselo todo a la mujer. Revélale
tus dudas y temores, tus aciertos
al momento de triunfar, tus desatinos
en el sueño y el trabajo. Cuántas veces
rozaste sin queriendo
los pechos que viajaban frente a ti
en el metro inevitable del deseo. Quién
metió su mano en la entrepierna y cómo
te dejaste llevar y traer con las señales
que te daban de un pedazo de vivir
en el anverso del oído
o una gota de morir
escondida debajo de la lengua
que atrapabas con los dientes
sin saber si era lengua
o era sombra que comías,
si era a Dios o a Lucifer a quien mordías
o atrapabas, ángel caído o por caer,
soledad eterna, compostura.
Si era un sueño de mujer o de hombre o desvarío,
y tú no eras sino un grano
pegado a las paredes del duodeno,
tembloroso, ají-picante, rascándote
ese coxis, tu trasero, el omoplato
hasta hacer sangrar esas partes de tu cuerpo
que te escuecen mas no conoces,
que nunca el ojo ha visitado y necesitas,
a las que nunca mencionas por temor
a ser tachado de vulgar,
maleducado, improcedente en una conversación
como ésta en que no se debe mencionar
el adulterio, la inmundicia, el puterío
y todo debe ser higienizado
según las morales normas de esa
otra lengua o el oído.

Aunque hagas temblar de rubor
al sumo sacerdote y sus papiros,

cuéntaselo todo a la mujer.

Ella ha sido madre y todo lo contiene,
en ella todo nace,
todo en ella se termina.

No olvides ni un detalle.
Esto te curará seguramente
del mal de ser varón
en esta edad todavía hoy
obstinadamente masculina.


            [Poema seis de Libro de los dones y los bienes. Caracas, 2010]
 


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