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  Sofia Rosa
SOFÍA ROSA
(Montevideo, Uruguay - 1986 - )


Sofía Rosa (Montevideo, 1986). Profesora de literatura, escritora. Actualmente está haciendo la Licenciatura en Letras. Realizó estudios de fotografía y teatro. Publicó su primer libro de poesía Falsas escrituras en 2011, y un poema suyo fue incluido en la compilación ZM. Escrivisiones a partir de fotogravivas. Actualmente sigue escribiendo, sin que nadie sepa bien si es poesía, prosa o las dos.


Composición

Unas veces, cuando me canso de no escribir, de mirar fijamente la nada, haciendo fuerza para que la inspiración me arrebate directamente con unos hermosos versos o con el comienzo de una novela maestra, miro por la ventana. En la esquina de mi casa hay una puta. Muchas veces suelo despertarme abruptamente en la noche y la puta está allí, sentada en mi mesa, comiendo mi comida – el basurero va dejando atrás un eco de perros – y siento que debería estar soñando; o simplemente imaginando, no solo a la puta comiendo a mi mesa, sino a mí mirándola desde la puerta de la habitación.
Deliciosa comida la de esta casa. Cuidado no derramar nada. Comer hasta la última miga – la comida regalada sabe diferente – lamiendo el plato. Eso me enseñaron. Ahora estoy vestida. Siempre hay que comer vestida. Para lo otro sí, claro, hay que desnudarse. Sabe mejor.
Ahora ladra un perro. ¿Habrá alguien esperándome? ¿Espiándome? ¿Sintiéndome? Los silencios se hacen pegajosos cuando se espera: se sufren de la misma manera que se sufre un chicle en el pelo; hacen experimentar la sensación de repugnancia como los restos de grasa de pollo en los dedos. Los silencios se hacen pegajosos, y me gusta chuparme los dedos con este pollo cocinado por mamá, qué rico sabe.
Veo la puerta, más allá la puta, deleitándose con mi comida y yo sin poder dormir. Los silencios se vuelven dulces cuando uno se desvela: se disfrutan del mismo modo que se disfruta una vez que se cierran los ojos ante la nada; hacen experimentar la sensación de placer como la mano atenta que te toca en sueños y hace creer que es realidad. Los silencios se vuelven pegajosos, y me toco con esta mano somnífera, pronta para el atentado.

(de Falsas escrituras, Yaugurú, 2011)


Huir I

Corro por calles fríamente oscuras. Dejé la estufa prendida, un pedazo de leña a medio quemarse. Dejé las frazadas tiradas en la puerta. Salí. Descalza y sin mi
libreta. Descalza y sin mi vestido. El blanco. El de retazos. El que se enganchó con las ramas que cortaron el cuerpo.
Ahora corro por calles asfaltadas. Con la oscuridad del bosque infantil. No son las ramas de los árboles, sino las miradas extrañas. No son los animales sino la comida podrida, desparramada.
Entonces me detengo. Decido detenerme frente a la única casa habitada. Tiene pequeñas luces prendidas. No tiene alfombra de bienvenida ni la mesa pronta. Su silencio es cálido, como de algo que estuvo vivo y ahora muerto. Todavía se percibe la poca vida que se va extinguiendo junto con el olor a comida.
Empiezo a recorrer las habitaciones. Una a una. Son muchas. Todas las puertas están cerradas. Busco un gato. Pienso que en esa casa no puede haber más que gatos. Pero nada. No hay rastros. Entonces siento el ruido caluroso de la estufa. Y corro. Tropiezo con sillas y frazadas tiradas que me lastiman los pies. Pienso en mi estufa. Pienso en todos los poemas que quemé. En todas las cartas que vi arder.
Entonces me detengo. No puedo pensar. Veo mi libreta en el piso. Veo los restos del vestido blanco ensangrentados y la mitad del tronco por arder.

(de La noche de los espejos)


Seis vidas

A veces para escribir uso tu nombre. Me camuflo. Me disfrazo.
Decido salir, y aunque no lo quiero te voy a buscar, robarte alguna palabra.
Me cruzo con un gato que me mira mientras come. Es pequeño. Detrás de él, seis más. Tres casas más adelante la madre, inquilina de silencios. Alejado, solo, el padre, exiliado de otras guerras. Tienen tus ojos, le susurro, y parece consolarse.
De los diez botones, el tuyo es el que está más gastado. Lo toco, acaricio su piel de plástico. No quisiera ser insistente. No creo que vaya a llegar hasta vos.
Me doy vergüenza. Una tipa sola, ahí, mendigando unos versos impropios, una caricia sin sueño, un sufrimiento ajeno.
Me da vergüenza mi cara de poco poeta, de señorita sin palabras.
Entonces decido irme, sin presionar tu nombre.
El camino de regreso es más largo.
No hay gatos.
No hay noche.
No hay versos.
Ni yo.
(de ZM: Escrivisiones a partir de fotogravivas, Yaugurú, 2011)



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