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  Rafael Requerey Ballesteros
RAFAEL REQUEREY BALLESTEROS
(Priego de Córdoba, España - 1953 - )


Rafael Requerey Ballesteros (Priego de Córdoba, 1953). Es profesor de instituto, especializado en Ciencias Sociales. Ganó el Premio Vicente Estrada Carrillo (1998) con el ensayo Entre blancares de olivos, aires de besana y vientos de pueblo. Fue proclamado ganador del Narrativa Corta de Cañete de las Torres (1999) con La cueva de la encantá. En 2000 obtuvo el de Narrativa Corta de Montoro  con  Cara y cruz. En 2001 consiguió el Premio  de Alfafar, Valencia, con el relato La cruz de las mujeres. En 2009 obtuvo el primer premio provincial de poesía Acordes (Espiel), con el poemario Hilos escarchados.

Es autor de Crónica de una época (1990), artículos periodísticos; La tradición oral… (1990), recopilación; Desde el desván (2002), relatos; de la novela Diario de Lucio (2007), de Antología pequeña (2007), poesía y relato; de Unidad modular (2007), poesía; de Letras flamencas (2008), poesía; Gibralfaro. Poetas de Al-Andalus, (2008), antología poética; y de Desde el bar “El Águila” (2008), poemario; Hilos escarchados, poemario (2009) y También el café tiene labios, poemario (2010).

Colabora en distintos medios de comunicación y en diversas publicaciones literarias en prosa y verso.

Blog: Literatura en Priego: http://rafaelrequerey.blogspot.com



DEBO Y HE DE QUEJARME

Debo y he de quejarme:
del tiempo, de la artrosis, de la vida...
Porque estoy en mi derecho de tañer sones de perro azul.
Ya ocupo un lugar en la frontera,
al filo de lo imposible,
y, a estas alturas, se me ha desatado la lengua.
Tú, sin sorprenderte, me miras desde la sombra
que vela el espacio que ocupas.
Escuchas mi cascada de retahílas
con sosiego, encumbrada en tu nube.
Te mueves con suavidad, casi gravitas,
y dejas que el badajo de mi voz golpee el aire.
En mi ir y venir de impetuosos pasos,
dados con palabras graves, circunspectas, hirientes,
te miro y tú me miras
sin rencor, sin reproche, con ternura.
En un lapsus del crepitar de hojas somnolientas,
alargas tu mano, la posas en mis labios,
me callas,
me envuelves con tu velo de niebla
honda, fresca y cálida.
Un aletear de mariposas se asoma en mi decir
y voy entrando en un sopor
denso,
manso,
egregio,
cuerdo.
La última sílaba rueda por tu regazo.
Ahora sí me callo.


NO ME MIRES CON ESE SON DE BELDAD

¡Por favor, no me mires con ese son de beldad
que me dejas desarmado, inerte,
y sólo puedo contemplarte!
¿No lo ves claro? Preciso el mayo munífico
para vibrar con tu grandeza,
para recapacitar sobre mi poquedad,
para hacer balance de nuestra vida,
para, engalanándote,
sentirme noble por dentro,
para que mi conciencia se ahorme a tu firmeza 
y apeche con brío tu catequesis
de sistemático aguante.

Eres, con letras mayúsculas, 
embero de resurrección para este amante incierto.

¿No es ese gorgoteo el que surge de tu mirada?
Sí, es primavera y la vida se expande
hasta por el más agostado desierto.

Mayo.
Es tu mayo triunfal.
¿No puedes evitarlo, eh?
¡Cómo se te explaya la mirada y te sientes satisfecha!
Bien sabes que, como mi señora,
me tienes bajo tu túnica cobijado.
Mayo. Es mayo. Es tu mayo,
mi mayo.

No hace falta que orles tu mirada.
Si sigues así, delante de ti me derrumbo,
me quiebro, me estremezco.
Paro el tiempo y sólo admirarte puedo.
Fíjate, rendido a tus plantas me tienes.
Preso de tu amor estoy.
¿No notas como palpitan mis venas
y mi mente al compás que marcas en silencio?
De nuevo has triunfado. Como venciste siempre.
Ahora, preparado me hallo para ser fuego de leña,
para enderezar mi vida y poner rumbo a tu sueño.
He dicho.


“ALGUIEN VOLÓ SOBRE EL NIDO DEL CUCO”

Pasó por jaulas de cristal
y celdas con blanquísimos barrotes.
Le atendían los otros, presos de blancas batas,
con maldita y aséptica educación;
total indiferencia que sólo él conocía.
De aquellos largos días de infierno aún le quedan
derivas encrespándose contra todo fantasma,
los nombres muy confusos
de los que no ha de citar
y el rostro de aquella que se fue
tras haber encallado en su bahía.

Qué supo ella de él,
qué rasgo conservaba en su memoria
que turbara su hálito en mínimos suspiros
y su hondura vital en este carcaj huero,
la reclusión de loco en la locura
de sus ojos clavados en el muro,
mirando solamente hacia la nada.

Y qué sabía ella de sus noches,
ajando, tenuemente, las mil sábanas
y rizando sus besos en la celda,
escapando del vértigo con tal de no volverse
más loco entre la ausencia de las horas.

Qué supo, al fin, de su mente de arena,
qué supo de su vida en aquel féretro,
qué supo, dioses,
del aquel niño y su hombre,
qué supo, sí, de su torpe huracán
de amor que se vencía en su caricia.

Supo, tal vez, que aquel muñeco
roto ya para siempre,
no podría brotar de sus pavesas.
Pero no atisbó,
no quiso entonces ver que la locura
se acaba secamente cuando el amor se olvida.


MAÑANA DE OTOÑO

Las luces de los faros de los coches se reflejan 
sobre el húmedo pavimento. Una fina cortina
de agua pulverizada tamiza el levantar del alba.
La vendedora de cupones se resguarda
en el soportal del convento franciscano.
La bruma desciende hasta el alero de los tejados
y envuelve la plaza en un perlado papel de celofán.
Esta atmósfera entibia la mañana y el frío intenso
toma el camino de la cercana cumbre que, difusa,
se vislumbra en lontananza.
El viento titubea y decide sestear entre encinas y olivos.
La brisa, recién nacida, se contonea despaciosamente.
Apuro el último trago de café y me pierdo entre la niebla.
Inmerso en el abismo insondable, una mano etérea
aferra la mía y me devuelve al mundo real.
Sé que, de alguna manera, has sido tú;
pues tu centro de gravedad alcanza lo inalcanzable.

Rafael Requerey Ballesteros


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